La hazaña que sí fue
Un día como hoy, 13 de abril, pero del año pasado, estaba subido a un avión viajando con un grupo de amigos hacia el viejo continente.Todo empezó como un juego.
En 2005 tuvimos la suerte de conocer a una chica que vino de Suiza a hacer una pasantía y con la que entablamos una amistad tan fugaz como fuerte. Pasamos cuatro meses geniales, mostrándole la ciudad, enseñándole expresiones en castellano, aprendiendo expresiones en alemán (o, para ser sinceros, a decir malas palabras) y encariñándonos con esta piba que, de un día para otro, tuvo que volver a su país.
Fuimos a despedirla al aeropuerto saludándola entre lágrimas y con la convicción de que era más que probable que fuese la última vez que la íbamos a ver.
Semanas después, hablando con una amiga le digo: “Che, no te tomes las vacaciones en verano y el año que viene nos vamos a ver a Sarah”. Ella se rió y me dijo que le parecía muy buena idea, que lo iba a pensar.
A los días me llama diciéndome que no le parecía tan loco, que a ella le debían unos días en el trabajo y que parece que juntando todos sus ahorros, y ahorrando como bestias, llegábamos para viajar.
Le mandamos un mail a nuestra amiga en Suiza comentándole la idea, y su entusiasmo nos llego con mucha fuerza a través de su mail, en un castellano chapucero que ya estaba olvidando.
Comenzamos entonces a prepararnos. Ahorrar, buscar precios, hacer trámites. Mientras mas pasaban los días, más nerviosos nos poníamos.
El día finalmente llegó, y yo, que lo mas lejos que había ido en mi vida era a Bariloche por el viaje de egresados, me estaba yendo a Europa con mis amigos a ver a una amiga tan querida como lejana. No lo podíamos creer. Creo que la frase que mas repetimos durante todo el viaje fue: “Todavía no me cae la ficha”.
Compramos unos alfajores para llevar de regalo y abordamos.
El viaje se hizo semi-eterno. Tal vez por las ansias de llegar a destino lo más pronto posible. Tal vez porque tuvimos 10 horas de escala en San Pablo. Lo cierto es que lo hicimos ameno tomando mate, jugando al truco y hablando sin parar. El que lo veía de afuera veía a 5 personas jugando a ver quien hablaba más alto y quien estaba más nervioso.
Recorrimos muchos países, pero voy a relatar la parte que mas me gustó. La que mas me marcó y la que me va a hacer recordar este viaje para siempre:
Finalmente llegamos a Suiza un mediodía frío y con lluvia. Nos costó varios intentos encontrar la ruta (habíamos alquilado un auto), y los álpes, mas que amistosos y pintorescos, parecían amenazantes tras las nubes bajas y neblinosas. Igual toda esa sensación de congoja cambió cuando llegamos a Lucerna y encontramos el camino a Adligenswil, que es el pequeño poblado de las afueras a donde vive mi amiga con la familia.
Bajé del auto a tocar timbre, cansado y todavía medio perdido viendo si la dirección era correcta y si, finalmente, habíamos encontrado la casa.
El apellido familiar en el buzón me lo empezó confirmar.
Mi amiga saliendo por la puerta con una sonrisa radiante, y levantándome en un abrazo de oso hizo el resto.
Creo que si tuviese que elegir un momento en que comenzó el viaje no fue con el avistaje del cartel “Willkommen in die Schweiz” (Bienvenidos a Suiza). Sino cuando la sonrisa de mi amiga me confirmó que estaba rodeado de amistades, paisajes y lugares para descubrir.
Los demás bajaron del coche y luego de un intercambio más que efusivo de abrazos, mi amiga nos mostró la casa y a su familia.
Contar el principio del viaje es más que fácil. A partir de ahora las anécdotas se entran a mezclar y es casi imposible contar una sin querer pasar a otra para no perderla y después volver a retomar… la verdad que fueron unos días increíbles y todo es digno de mención, pero voy a tratar de contar solo lo mas relevante.
Entramos a la casa con Sarah y nos presentó a la familia. La madre se llama Nora, y es una señora por demás amable. Estaba siempre pendiente de nuestras necesidades y nos ayudaba en cuanto necesitáramos. Excelente cocinera, sus desayunos son recordados por todos.
Los hermanos que todavía viven en la casa son de lo mas dispares y similares (valga la contradicción). Cyril es un pibe en su etapa de rebeldía. Músico y con pocas ganas de estudiar. Stephanie, una joven bonita, sonriente y tímida.
Y jamás voy a olvidar a Kurt. El padre de los chicos. El esposo de Nora. Otro de los amigos que conocimos en este viaje. Siempre de buen humor. Siempre dispuesto a charlar y a contarnos historias o a escuchar las nuestras.
Junto con esta familia hicimos todo lo que pudimos en los pocos días que estuvimos en Suiza y lo resumo así:
- Fuimos a Berna (la capital) a conocer que hermosa es esa ciudad; y quedamos maravillados por el color del agua del río que la cruza. Subimos a la torre de la catedral y vimos a los osos (animal del escudo de Berna) en parque de la ciudad.
- Comimos varias comidas típicas (entre ellas la clásica Fondue). Y nos reímos cuando Kurt dijo que iba a hacer un asado y termino tirando 5 salchichas en una parrillita de gas.
- Nosotros, en agradecimiento, y como sorpresa, le hicimos empanadas y pizza. Quedaron maravillados. Por suerte, porque nos costo mucho conseguir los ingredientes. Obviamente, nadie sabia como se decía “levadura” en alemán.
- No les gustó tanto el mate. Pero si los Havanna.
- Nosotros amamos el chocolate. Trajimos cajas y cajas a Argentina. Por supuesto ya se acabaron todas.
- Me compré un reloj. Durante el viaje cuide muchísimo la plata. Pero no me quise ir de Suiza sin un reloj. Ahora me da un poco de miedo sacarlo a la calle, pero esa es otra historia.
- Hablando de regalos suizos, un chico que esta haciendo el servicio militar me regalo una Victorinox original. Todavía se lo estoy agradeciendo.
- Uno de mis amigos le expuso a la familia de mi amiga su loca teoría en la que piensa que todos los pueblitos de lo más pintorescos que vimos en los costados de las rutas vivían gracias a las regalías que obtenían por vender postales con una foto del paisaje. La familia de Sarah rió como por 20 minutos sin parar, y luego nos explicaron que eran granjeros.
- Hablando de paisajes, cenábamos en la terraza de la casa, mirando los alpes y escuchando los cencerros de las ovejas.
- Cantamos canciones en alemán sin saber que corno decían y luego mi amiga se reía de que habíamos dicho cantidad de groserías y que, por favor, no las cantáramos enfrente de la madre.
- Probamos cervezas de todos los tipos, colores y procedencias.
- Fuimos al teatro. Menos mal que era una obra muda.
- Fuimos al cine. Este no era mudo, pero hablaban poco, así que no había drama.
- Almorzamos con los pies en el lago.
- Sacamos fotos por todos lados y a todos los detalles, monumentos, casas y personas. Llegamos a Buenos Aires con 5000 fotos. Todavía las estoy editando. Las cámaras digitales son el mejor amigo de un viajero. Posta.
- Se reían todo el tiempo de lo rápido y alto que hablábamos. En la calle nos confundían con italianos y más de una vez la policía nos miro mal por el extraño aparato con bombilla con el que tomábamos una hierba verde.
- Y caminamos…
- … caminamos…
- … y caminamos.
Se que con esta historia, mas que describir la hermosura de los paisajes suizos y sus monumentos, conté mucho de la vida a nivel humano. Pero es que pienso que esa calidad humana los coloca dentro del primer mundo más que sus bancos. Y me parece la mejor idea para contar de esa parte de mi viaje.
A mi amiga no la conocí en la pradera Suiza, ni en un palacio Europeo; la conocí en Almagro, viajé en colectivo, bailé tango y nos pidieron monedas por la calle.
Lo que hizo que la quiera tanto, es ella. No su país o el color de sus ojos. El país es MUY lindo, pero a nivel geográfico es exactamente igual a Bariloche, y no exagero. La gente (además de su historia e infraestructura) es lo que lo hace genial, es lo que hace que yo haya disfrutado tanto, es lo que hace que extrañe mucho a Sarah, y es lo que hace que con mis amigos… volvamos a mirar los precios de los pasajes cuando pasamos por una agencia de viajes.
(dedicado a Sarah… mi amiga)
(gracias, vuelvan pronto)
Finalmente llegamos a Suiza un mediodía frío y con lluvia. Nos costó varios intentos encontrar la ruta (habíamos alquilado un auto), y los álpes, mas que amistosos y pintorescos, parecían amenazantes tras las nubes bajas y neblinosas. Igual toda esa sensación de congoja cambió cuando llegamos a Lucerna y encontramos el camino a Adligenswil, que es el pequeño poblado de las afueras a donde vive mi amiga con la familia.
Bajé del auto a tocar timbre, cansado y todavía medio perdido viendo si la dirección era correcta y si, finalmente, habíamos encontrado la casa.
El apellido familiar en el buzón me lo empezó confirmar.
Mi amiga saliendo por la puerta con una sonrisa radiante, y levantándome en un abrazo de oso hizo el resto.
Creo que si tuviese que elegir un momento en que comenzó el viaje no fue con el avistaje del cartel “Willkommen in die Schweiz” (Bienvenidos a Suiza). Sino cuando la sonrisa de mi amiga me confirmó que estaba rodeado de amistades, paisajes y lugares para descubrir.
Los demás bajaron del coche y luego de un intercambio más que efusivo de abrazos, mi amiga nos mostró la casa y a su familia.
Contar el principio del viaje es más que fácil. A partir de ahora las anécdotas se entran a mezclar y es casi imposible contar una sin querer pasar a otra para no perderla y después volver a retomar… la verdad que fueron unos días increíbles y todo es digno de mención, pero voy a tratar de contar solo lo mas relevante.
Entramos a la casa con Sarah y nos presentó a la familia. La madre se llama Nora, y es una señora por demás amable. Estaba siempre pendiente de nuestras necesidades y nos ayudaba en cuanto necesitáramos. Excelente cocinera, sus desayunos son recordados por todos.
Los hermanos que todavía viven en la casa son de lo mas dispares y similares (valga la contradicción). Cyril es un pibe en su etapa de rebeldía. Músico y con pocas ganas de estudiar. Stephanie, una joven bonita, sonriente y tímida.
Y jamás voy a olvidar a Kurt. El padre de los chicos. El esposo de Nora. Otro de los amigos que conocimos en este viaje. Siempre de buen humor. Siempre dispuesto a charlar y a contarnos historias o a escuchar las nuestras.
Junto con esta familia hicimos todo lo que pudimos en los pocos días que estuvimos en Suiza y lo resumo así:
- Fuimos a Berna (la capital) a conocer que hermosa es esa ciudad; y quedamos maravillados por el color del agua del río que la cruza. Subimos a la torre de la catedral y vimos a los osos (animal del escudo de Berna) en parque de la ciudad.
- Comimos varias comidas típicas (entre ellas la clásica Fondue). Y nos reímos cuando Kurt dijo que iba a hacer un asado y termino tirando 5 salchichas en una parrillita de gas.
- Nosotros, en agradecimiento, y como sorpresa, le hicimos empanadas y pizza. Quedaron maravillados. Por suerte, porque nos costo mucho conseguir los ingredientes. Obviamente, nadie sabia como se decía “levadura” en alemán.
- No les gustó tanto el mate. Pero si los Havanna.
- Nosotros amamos el chocolate. Trajimos cajas y cajas a Argentina. Por supuesto ya se acabaron todas.
- Me compré un reloj. Durante el viaje cuide muchísimo la plata. Pero no me quise ir de Suiza sin un reloj. Ahora me da un poco de miedo sacarlo a la calle, pero esa es otra historia.
- Hablando de regalos suizos, un chico que esta haciendo el servicio militar me regalo una Victorinox original. Todavía se lo estoy agradeciendo.
- Uno de mis amigos le expuso a la familia de mi amiga su loca teoría en la que piensa que todos los pueblitos de lo más pintorescos que vimos en los costados de las rutas vivían gracias a las regalías que obtenían por vender postales con una foto del paisaje. La familia de Sarah rió como por 20 minutos sin parar, y luego nos explicaron que eran granjeros.
- Hablando de paisajes, cenábamos en la terraza de la casa, mirando los alpes y escuchando los cencerros de las ovejas.
- Cantamos canciones en alemán sin saber que corno decían y luego mi amiga se reía de que habíamos dicho cantidad de groserías y que, por favor, no las cantáramos enfrente de la madre.
- Probamos cervezas de todos los tipos, colores y procedencias.
- Fuimos al teatro. Menos mal que era una obra muda.
- Fuimos al cine. Este no era mudo, pero hablaban poco, así que no había drama.
- Almorzamos con los pies en el lago.
- Sacamos fotos por todos lados y a todos los detalles, monumentos, casas y personas. Llegamos a Buenos Aires con 5000 fotos. Todavía las estoy editando. Las cámaras digitales son el mejor amigo de un viajero. Posta.
- Se reían todo el tiempo de lo rápido y alto que hablábamos. En la calle nos confundían con italianos y más de una vez la policía nos miro mal por el extraño aparato con bombilla con el que tomábamos una hierba verde.
- Y caminamos…
- … caminamos…
- … y caminamos.
Se que con esta historia, mas que describir la hermosura de los paisajes suizos y sus monumentos, conté mucho de la vida a nivel humano. Pero es que pienso que esa calidad humana los coloca dentro del primer mundo más que sus bancos. Y me parece la mejor idea para contar de esa parte de mi viaje.
A mi amiga no la conocí en la pradera Suiza, ni en un palacio Europeo; la conocí en Almagro, viajé en colectivo, bailé tango y nos pidieron monedas por la calle.
Lo que hizo que la quiera tanto, es ella. No su país o el color de sus ojos. El país es MUY lindo, pero a nivel geográfico es exactamente igual a Bariloche, y no exagero. La gente (además de su historia e infraestructura) es lo que lo hace genial, es lo que hace que yo haya disfrutado tanto, es lo que hace que extrañe mucho a Sarah, y es lo que hace que con mis amigos… volvamos a mirar los precios de los pasajes cuando pasamos por una agencia de viajes.
(dedicado a Sarah… mi amiga)
(gracias, vuelvan pronto)

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