EL EFECTO VAN HOUTEN
Justo hoy, que Catalina me dijo que le gustan los chicos malos, que me confirmó que anda con un chico malo, que al enterarse que yo sentía algo por ella me respondió: “pero… vos sos mi amigo, mi confidente”… justo hoy dan el episodio de “Los Simpsons” en el que Lisa se enamora de Nelson y Milhouse lo mira por TV.
Suelen pasar ese tipo de cosas. Te peleas con tu novia y todas las canciones de la radio te lo recuerdan. O no le viene y ves embarazadas por toda la calle. O la chica que te gusta te dice que le gustan los chicos malos -después de que hiciste buena letra durante semanas a ver si se te daba- y dan un episodio de “Los Simpsons” en el que el chico malo se queda con la chica que le gusta al perdedor. Cosas así. Pasan todo el tiempo. O, tal vez, en esas situaciones estamos más receptivos a esos detalles que antes no veíamos.
Nunca me cayó bien el pibito de anteojos y pelo azul, pero viendo ese capitulo no pude evitar sentirme identificado. No pude evitar sentirme Milhouse. Tal vez, en este tipo de situaciones, tampoco me caiga bien yo mismo. Mientras lo veía, recordé que es un episodio bastante chistoso. Bueno, es chistoso si uno no fue tácitamente rechazado esa misma tarde.
Le dije que le había tomado cariño los días que estuvo acá, que la extrañaba, que hacía mucho que no la pasaba tan bien. Las mismas estupideces que se dicen siempre, digamos.
¿Qué pasó? Me dijo que el día anterior había estado con un amigo. Con un “amigo con derechos”. ¡Odio los amigos con derechos! Al menos, claro, que yo sea ese amigo. Le pregunté si estaba bien con ese chico. Me dijo que no. Le pregunté por qué estaba con él entonces. Y ahí me respondió lo que ya temía. Esa respuesta estúpida, que nunca me entró en la cabeza, y eso que la escuché muchas, muchísimas veces.
“Me gustan los chicos malos.”
¿Qué carajo significa eso? ¿Por qué les gustan los chicos malos? ¿No les leyeron suficientes libros de príncipes azules como para saber que el héroe de la historia no es malo? ¿Qué, de haber tenido lugar en esta época, las hubiese llamado de nuevo, las hubiese cuidado, les hubiese importado lo que tienen para decir?
Son preguntas que nunca voy a poder responder.
Por lo general escucho respuestas del tipo: “Sí, me gustaría conocer a un príncipe azul, pero esos hombres no existen”. Tal vez sea cierto, pero ir a buscar al otro extremo del catálogo tampoco es una buena solución, ¿no? Es como bañarse con agua helada solo porque la caliente no sale tan caliente como nos gustaría.
No se, no me presten atención. Nunca le presten atención a una persona despechada. No tenemos nada importante para decir. Solo nos lamemos las heridas y tratamos de comprender al mundo en el momento en que más incomprensible e injusto nos parece.
Le pregunté a ella por qué le gustaban los chicos malos. Cuál era la idea de estar con alguien que, de antemano, sabés que no es bueno para vos. Me preparé para recibir la clásica respuesta. Y no me decepcionó. O sí, en realidad:
“Es que no quedan hombres que valgan la pena.”
Escuché tantas veces esa frase que ya perdió todo el sentido. Ya me suena como una respuesta que se da para no tener que explicar el verdadero problema. Es como cuando en el trabajo o en el ascensor te preguntan: “¿Cómo andas?”. Es poco probable que respondas: “Y, mirá, mal. No sabes la cantidad de quilombos que tengo, te cuento…”. No, por lo general decís: “Bien”, o, en casos de enorme depresión puede salir un: “Y, ahí andamos”. Pero nada más allá de eso. Bueno, a eso me suena la clásica respuesta femenina a la pregunta de por qué siempre les atraen los chicos malos. Me suena armada. Me suena a que dicen eso para no ver el verdadero problema. Para que no se les cruce por la cabeza que en realidad su amor propio anda por el piso; o que les gusta recibir ordenes; o es más fácil echarles la culpa a ellos del fracaso de la relación; o que salen con ellos solo porque (creen que) es más fácil despegarse llegado el caso en que sean olvidadas o se estén enamorando.
Le dije que sí quedamos hombres valiosos, pero que jamás los va a encontrar si sigue andando con ese tipo de gente. Me dijo que eso no era cierto, que si alguien se iba a interesar por ella, no le iba a importar que esté con alguien en ese momento. Ahí le respondí que si yo quedaba cautivado por alguien, pero ese alguien estaba con alguien más, no me iba a acercar a serrucharle el piso a una relación preexistente. Tardó en responderme y, finalmente, dijo:
“Entonces a esa persona no le interesaba tanto la relación como pensaba.”
¡Tiene que ser una joda! Había vuelto a dejar bastante en claro que soy YO el que está dentro del ejemplo. Yo quiero estar con ella. Yo quiero que deje a ese pibe. Pero ella, automáticamente, despersonaliza el ejemplo y lo hace vago, intangible. Adicionalmente, ¿no se da cuenta que si un pibe se interesa en ella, pero se lo demuestra metiéndose y destruyendo una relación preexistente, está hablando nuevamente de un chico malo?
“Además,” agregó, “tu eres mi amigo, por eso te cuento estas cosas. Porque eres honesto y me cuidas y me escuchas. Y te quiero mucho”.
Si te cuentan demasiado y encima las escuchás con atención, cagaste. Ya sos su amigo. Su confidente. Supongo que es mi culpa, nunca termino de entender que las mujeres no quieren a los hombres para contarles sus secretos, sus miedos, sus inquietudes. Para eso ya tienen amigas. ¿Por qué, entonces, me empeño en ser el amigo confesor?
Tal vez por eso les gusten los chicos malos. A los chicos malos no les interesa en lo más mínimo lo que ellas tengan para contarles. Entonces, si no pueden ser amigos, están disponibles para otras cosas.
¿No?
No sé, ya les dije que no me prestaran atención.
Esto no se lo he dicho a nadie antes, pero nunca lo he sentido. Creo que estoy enamorada…
¡Ah! Oh, ¿en serio?
… de Nelson.
[…]
¿Te gusta Nelson? ¡Es un crápula y me rompió mi diente permanente!
Pero apuesto a que en el fondo es sensible y tierno, como tú. Podría decir que quiero sacar al Milhouse que hay en Nelson.
¡Pero yo soy todo Milhouse!
El pobre pibito de anteojos y pelo azul estaba sufriendo lo que sufrimos diariamente los tontos que no queremos entender la realidad por más que la tengamos delante de nuestras narices: a las chicas no les interesan los hombres que las cuidan, que recuerdan cuando es su cumpleaños, o que se dan cuenta cuando están mal. Ellas quieren un rebelde sin causa. Alguien que no les preste atención, alguien competitivo, que parezca inalcanzable y que día a día las trate de tal forma que ellas tengan que desahogarse al llegar a casa con alguien tan bueno como para escucharlas y decirles que todo va a salir bien.
Por ejemplo, nosotros.
