jueves, 12 de abril de 2007

Crónica de corridas, trenes… y preguntas estúpidas.

Si bien ya hice una larga disertación sobre el tema hace unos días, agrego un detalle que me llamó la atención sobre la fauna que utiliza los transportes públicos en la ciudad:

Por razones que no vienen al caso, hoy tenía que llegar SI o SI a tiempo al trabajo.
Me bañé a la noche para no perder tiempo y me levanté 15 minutos más temprano; pero igual se me estaba haciendo tarde. No se bien la razón, aunque la sospecho.
Cuando estaba llegando a la estación, veo que el único tren que me iba a dejar a horario en el trabajo ya estaba frenando en el andén. Corrí como alma que lleva el diablo (¿Alguna vez entendieron esa expresión? Si ya me atrapó el diablo, ¿por qué corro?), saqué boleto (porque soy buen ciudadano… y porque esta lleno de guardas) y logré subir al tren cuando ya había arrancado, e iba a una velocidad considerable.

Jadeando como perro en verano (¡que analogía, caramba!), transpirando a pesar de los 9 grados de térmica y sintiendo las piernas como si fuera un anciano que terminó de completar un decatlón, me acomodo como puedo en el descanso entre vagones, cerca de la puerta. Apenas termino de subir y de acomodarme (¡pero apenas eh!), se acerca un hombre y me dice:


“Perdoname, ¿bajas en la próxima?”


¿Que hacer en esos casos?

En la milésima de segundo que tardé hasta responder: “no”, se me cruzaron dos opciones más:
- Sonreír irónicamente y no decir nada.
- Mandarlo al carajo (MUY sutilmente) por preguntar pavadas.

En los minutos que tardó el tren en llegar a la estación siguiente se me cruzaron varias más:
- Empujarlo por la puerta por imbécil.
- Decirle: “Si, pero no te voy a dejar pasar”.
- Mandarlo al carajo (PARA NADA sutilmente) por preguntar pavadas.
- Decirle: “¿Y a vos que te parece?”
- Decirle: “Si, y vengo corriendo hasta el tren, pudiendo ir caminando hasta la otra estación, porque soy un loco bárbaro”.
- Secarme el sudor con su traje.


(Obviamente, no hice nada de eso)


(gracias, vuelvan pronto)

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez
humana. Y del Universo no estoy seguro.”
Albert Einstein

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